domingo 15 de noviembre de 2009

Opciones

Debo estar ridículo...

Encontré los recuerdos de un paracaídas olvidado, y pensé que podía hacer las veces de sombra. Guarda la suavidad de la seda de sus gajos, pero tiene demasiados colores. Prefiero soñar en grises, así que, en cuanto encuentre las tijeras, descoso los pespuntes dados y me libero de la nueva carga.

Voy a salir a comprar un paraguas. Pero no uno cualquiera. Tendrá que ser uno permeable, que deje calar el agua hasta el penúltimo rincón... nunca se sabe cuando llegaré al desierto.

Tranquila, no he dejado de luchar, solamente es que voy cansado de parar cada vez que me piso los cordones.

jueves 12 de noviembre de 2009

Ruidos


Ayer perdí mi sombra. No fue un descuido, ni un momento de distracción: sólo que tuve que dejarla abandonar el suelo que rozaba.

Durante toda la noche he mantenido la calma como buenamente he podido. Un sosiego obligado neutralizaba mis taquicardias, pero por unos pocos minutos que me dejé dormir toda la paz se ha convertido en su antónima. Si miro mis manos tiemblan ante lo desconocido, y mis ojos parece no quieran dejar de reflejar la luna.

Ruidos. Tengo la absurda idea de que mi sombra tenía problemas auditivos, y si no ha aparecido aún es porque olvidó el rumbo de mis pasos. Por eso he decidido llamarla a gritos. No oigo música, no tarareo canciones. Hoy fabrico ruidos. Sonidos estridentes enlatados que desafinan mi conciencia, pentagramas de Munch con mandíbulas desencajadas, madres de Guernica que sostienen a sus hijos muertos. No tiene sentido llorar. La única posibilidad es que escuche mis mismos ruidos.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Donde dije digo...


Esta vez no pienso caer en el error de anunciar a bombo y platillo que "no me compraré nunca un e-book"


Y es que me pasó con la ds: "ya estamos mayorcitos para consolas..." y ahora tengo todo tipo de juegos; luego con el ipod: "si yo con mi mp3 tengo bastante", y ahora lo utilizo hasta para estudiar inglés; de la nespreso pensaba: "¿quién se va a comprar eso con las cápsulas??", y ahora distingo los sabores por colores... y también me pareció una tontería eso de comprar la lechuga ya cortadita y envasada.

Ya no saben que inventar, creo que fue lo que pasó por mi cabeza cuando vi el primer libro electrónico. A mí me vale con el portátil... ¿o no?

Intuyo que consumismo y servicialidad (que en la mayoría de los casos nunca necesidad) pugnan por escribir más de una carta a los Reyes Magos, y entre ellas la mía. Así, que lo dicho, gato esta vez mejor calladito, que luego siempre hay algún simpático preguntando eso de : ¿no eras tú la que decía...?

martes 3 de noviembre de 2009

Montaña Rusa



Llevo días caminando bocabajo, y eso provocó que las palabras fueran, jornada tras jornada, cayendo de mis bolsillos.



Hoy llamó el cartero… un anónimo aburrido ha ido encontrándolas, y separando sus letras para conseguir una más pronta recuperación tras el golpe de la caída. Una vez curadas, las palabras vuelven a formarse, pero ya no a mi manera, sino a su libre albedrío...


Así, ahora ando un poco confusa, porque cuando pienso que tengo sueño, no sé si lo que tengo realmente es hambre o frío; si te pido de abras la puerta, realmente lo que quiero decir es que enciendas la luz; si te pido que vayamos al cine, lo que quiero es ir al zoo a ver ranas...


Un auténtico lío, que consigue crear confusiones cada vez que cierro los ojos y pienso: "Todo está calmado en esta maraña que comenzó con el cuento de la mosca; no consigo encontrar el libro de Harry Poter, ni siquiera recordar ya como empezaba, si siquiera alcanzo a saber si quiero leerlo"


Ya no caben más tareas en el diván de mi sicoanalista.


Parece que el sueño ha encontrado mejor compañera, quizás una que no lo siembre entre facturas, raíces, anglicismos, enlaces covalentes... Y el resfriado (gracias Celó.) controlado: en cuanto recibió la invitación del salón de té, comprendió que no había nada que hacer.

martes 13 de octubre de 2009

Poca cosa entre estornudos


En estos días de almas griposas, ando caminando entre recuerdos, sueños y decisiones.

No se comió el pollo al gato, ni me quedé dormida en los laureles. Ando cuasi-enterrada entre papeles del trabajo la mayoría del tiempo, y el resto he decidido dedicarlo a estudiar un par de asignaturas pendientes (aunque para que no se me tache de loca, no lo he contado a casi nadie mis nuevas matrículas). Sigo apuntando en cualquier parte cosas que me apetece escribir en el blog, pero me puede la desgana, y no consigo sentarme a contarte. Además, a poco que me conozcas, ya sabes como ando...

Echo de menos los días nublados del otoño. Me regalaron el CD nuevo de Fito, y creo que ha llegado ese momento en el que me canso de volver a escuchar los mismos ritmos, aunque con otras letras. Aún así, si la mañana sonríe, vuelve a parecerme un buen disco.

Tarareo al ritmo de Dulce Pontes, K's Choice, Charles Aznavour, Russian Red (gracias Celo)... Por cierto, sólo yo le encuentro parecido con Anni B Sweet?? Definitivamente es tiempo de músicas más animadas.
Me alertaron contra el síndrome de Lucifer, pero está todo controlado. No es fácil jugar a la ruleta cuando no sabes en qué números puede caer la bola. Un beso Princesa.

sábado 26 de septiembre de 2009

Historia de andar por casa...


Hace ya algo más de un año, uno de nuestros calurosos días de verano, encontré en la cocina de casa a Houdini: un agapornis, supongo que desorientado, que entró por la ventana y piaba nervioso sobre la nevera. Entre fogones estuvo un par de días hasta que decidimos comprar una jaula y, tras no pocos intentos, conseguimos cogerlo y meterlo dentro. Con el paso de los días, comprobamos cómo se las ingeniaba para abrir la puerta, ir a la jaula del canario e intentar abrir también la salida de ésta.

Hoy, cuando salí al balcón para comprobar cómo andaba el tiempo, había otro agapornis allí. Se me ocurrió acercar la jaula de Hou, y en pocos segundos tenía a los dos pollos en el salón. En la guía michelín de los pájaros, ya aparece mi faro como hogar de refugio de aves perdidas...

¿Tendrá hambre?... Le acerqué unas pipas y no tardó en subirse en mi mano a comer. después de la mano la cabeza, después el hombro. Y aunque me empeñe en ponerlo en otra parte regresa enseguida al hombro.

Ahora, ya veis como ando. Siempre pensé que lo de la amistad entre un pájaro y un gato sólo era posible en las películas, tan irreal como las vacas voladoras...

jueves 24 de septiembre de 2009

Las estrellas de la charca


Todos los que vivían en aquel oasis sabían que las estrellas que hay en el fondo de una charca son solo reflejo de las del cielo... y en sus largas y cálidas noches, miraban las estrellas de arriba y soñaban amores imposibles con ellas... Mientras, despreciaban los reflejos que temblaban de noche en noche en el oscuro del agua.

Un buen día pasó por aquel oasis un caminante; venía de muy lejos.

Y les habló de países donde en invierno hace frío, donde en primavera los valles se llenan de hierba, donde la palabra "hogar" tienen sentido, donde los sueños, van siempre más lejos del horizonte monótono y diario... y todos, todos, le escucharon asombrados.

También vio las estrellas de la charca, y habló de liberarlas. Fue entonces cuando los habitantes del oasis le tomaron por loco.

Pero él se pasó toda la noche con un cubo, sacando agua y estrellas casi ahogadas...Así hasta las primeras luces del nuevo día.

Cuando amaneció y dejaron de brillar estrellas, el caminante se fue a descansar satisfecho. ¡No quedaba ni una sola estrella en la charca!

Pero los habitantes del oasis reían maliciosamente y esperaban que volviera la noche, que brillaran en el cielo las estrellas, que se reflejaran en el agua oscura... y así fue.

Al día siguiente, el caminante avergonzado, emprendió un nuevo camino, dejando tras de sí un rastro que el viento se encargó de borrar.

Pero nadie se dio cuenta de los pequeños brotes de hierba que, días después, crecieron el el terreno que el caminante había regado sacando cubos de agua de la charca, en su intento de liberar las estrellas...

y, aunque todo siguió igual, el desierto había perdido un poco de su aridez.


(Cuento de José J. GÓMEZ PALACIOS)